Con tu muerte llegó la mía.
Ver tus párpados yertos, tu pecho sin oleaje,
empalecidos los labios que de niña me besaron,
detenidas las manos que fueron siempre mi anclaje.
Con tu muerte llegó la mía.
Se detuvo el tiempo con tu último respiro.
Dejé de ser, de hacer, de sentir,
y entre tu ausencia y la mía,
aquel día también me vi morir.
Hasta que llegaste con el alba:
fantasma, memoria y reclamo.
¿Cómo me atrevía a desperdiciar
la vida que con la tuya habías creado?
¿Cómo podía llamarme muerta
si aún llevaba tu sangre entre mis venas,
tu voz prendida a mis recuerdos,
tu amor latiendo dentro de mis penas?
Entonces te prometí vivir.
Pero vivir de verdad, carajo.
Con entrega. Plenamente. Atrevida.
Con el hambre feroz de quien conoce la muerte
y, aun habiéndola mirado de frente,
elige la vida.
Recorrer entero el camino,
con sus abismos, sus heridas, sus desvíos;
beberme cada instante hasta la última gota,
hacer de cada amanecer un desafío.
Despedí a la noche
y abracé nuevamente al día.
Recogí de entre tus cenizas lo que quedaba de mí,
renací con tu ausencia entretejida en la mía
y me aferré, con ambas manos, a la vida.
Porque vivir será mi forma de honrarte.
Reír, viajar, amar, arder, caer y levantarme;
llevarte conmigo a cada lugar al que tú ya no puedas ir
y vivir también por todo lo que te faltó vivir.
Porque por ti, madre,
tu hija vivirá como mereces:
sin pedirle permiso al miedo,
sin disculparse por estar viva,
con toda la furia, la belleza y la alegría
de saber que cada latido mío
todavía lleva algo de ti.
Y ahora lo entiendo, madre mía:
la primera vez me diste la vida.
La segunda,
tu muerte me enseñó a elegirla.
Por eso Madre, voy a vivir como mereces,
Y con eso Madre mía, ¡me diste a luz dos veces!